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El año 722 a.C. Sargón II toma Samaria y pone
fin al reino de Israel. Gran parte de su población es deportada y asentada en
las riberas del Khabur y en la Media, donde las diez tribus del reino del
norte (...). En Israel sólo queda una pequeña parte de los vencidos que recibe
un gran aporte de colonos procedentes de Mesopotamia, originándose con el paso
del tiempo un proceso de fusión racial y de sincretismo religioso que dará
lugar a la aparición...
El origen de los conflictos de los samaritanos
con la población judía puede situarse con ocasión del regreso de los exilados
del reino de Judá que (...) Así, cuando en el 537 a.C. regresan los deportados
de Babilonia, celosos de sus costumbres y tradiciones, se aíslan no sólo de
los fronterizos samaritanos sino también del elemento judío que no sufrió el
destierro.
De este modo, cuando los recién llegados
deciden iniciar las obras de reconstrucción del templo de Jerusalén, los
samaritanos intentan colaborar...
Ciertamente los samaritanos adoraban también a
Yahvé: «Nuestros padres adoraron a Dios en este monte [Garizín] y vosotros
[los judíos] decís que el sitio donde se ha de adorar es Jerusalén» (Jn
4,20), dice la mujer samaritana a Jesús, que al igual que muchos judíos
esperaban también la inminente llegada del Mesías: «...Sé que vendrá el
Mesías...» (Jn 4,25), continúa diciéndole la mujer. Admitieron, al
igual que los saduceos, la Torah escrita como única revelación del
Sinaí, rechazando como es lógico toda la crítica deuteronomística sobre el
reino de Israel, y añadieron a estos cinco libros –Pentateuco– el de Josué.
Como mencionaba la samaritana a Jesús, su
pueblo practicó el culto en el monte Garizín (cf. Josefo, Ant XVIII
4,1). Allí construyeron su propio templo a Yahvé durante la primera época
helenística, y allí siguen practicando su culto los escasos samaritanos que
han llegado a nuestros días. Pero como también le indicaba la mujer al
Nazareno, los judíos...
En este enrarecido ambiente, en tiempos de
Jesús, la hostilidad entre samaritanos y judíos era muy grande, hasta el
extremo que éstos evitaban todo contacto con aquéllos. De ahí la sorpresa de
la samaritana cuando Jesús se dirige a ella para pedirle agua: «¿Cómo tú,
siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Jn
4,9). Por su parte los samaritanos hostigaban a los judíos haciendo peligroso
el viaje a Jerusalén a través de Samaria (...) Y tampoco desaprovecharon las
ocasiones que se les presentaban para provocarlos, como sucedió una Pascua
durante la prefectura de Coponio...
El mismo Jesús sufrirá las consecuencias de
este odio mutuo. Cuando se dirige a Jerusalén para celebrar la Pascua (...).
Mas a pesar de ello, nunca hallaremos en boca del Nazareno maldición o condena
alguna contra los samaritanos, sino todo lo contrario. No muestra el más
mínimo prejuicio a la hora de relacionarse con un samaritano, ¡y lo hace con
una mujer!, hasta el punto que ésta y sus propios discípulos
quedan sorprendidos por su conducta (cf. Jn 4,9): «En esto llegaron
sus discípulos y se admiraron de que conversara con una mujer.» (Jn
4,27). Tampoco tiene reparo alguno en ensalzar a un samaritano y zaherir a
sacerdotes y levitas, haciendo de aquél un acreedor más digno del Reino
que éstos, lo que lógicamente provoca la ira de los clérigos (cf. Lc
10,30-37). Y, finalmente...
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