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Un frío día de diciembre de 1988 asistía al
entierro de un querido amigo. Hombre sencillo, íntegro y honrado. Ateo y
utópico, anhelaba la justicia social y el respeto a los inquebrantables
derechos de los más desvalidos.
A pesar de conocer estos ideales y creencias
del difunto, el ver a sus familiares despojando el crucifijo del ataúd, en
cumplimiento de la voluntad del fallecido, me trajo inconscientemente a la
mente aquellas fotografías de milicianos quemando y ultrajando crucifijos en
los ya lejanos y aciagos días, no vividos, de la España de 1936.
Sé que el crucifijo se ha convertido en un
símbolo religioso y que para el materialismo marxista no es más que un muñeco
pegado a una cruz. Pero a diferencia de otros símbolos religiosos, tras el
"Muñeco" clavado a la cruz hay toda una historia, la de Jesús de Nazaret. Por
ello, reflexioné: ¿qué había en la historia del Crucificado que provocaba las
iras o las burlas en unos y el amor en otros? A la postre, el Nazareno había
sido un "obrero" torturado y ejecutado precisamente por una autoridad
imperialista, a instancia de la aristocracia sacerdotal jerosolimitana,
cuando públicamente defendía los derechos de los que en lenguaje decimonónico
se conocían como "pobres de solemnidad". Estoy seguro que los desconsolados
familiares de mi amigo desconocían esta circunstancia, pues, en su ingenuidad,
sólo alcanzaban a ver un símbolo religioso –un muñeco– que relacionaban con
determinados sectores sociales no progresistas. Y semejante confusión me
pareció terriblemente injusta, ya que unos, ignorantes de la realidad
histórica, se adueñaron del personaje histórico que no les pertenecía; en
tanto que otros, igualmente desorientados, lo despreciaban creyendo arrojar a
las llamas o la basura a un simple muñeco cargado de simbología fascista.
Por aquellas fechas me encontraba cursando mis
estudios de Historia del Mundo Antiguo, y, más tarde, en 1991, me especialicé
en Arqueología, iniciando mi Tesis de Licenciatura sobre técnicas y análisis
traceológicos en industrias líticas bajo la dirección del profesor D. Ignacio
Marqués Merelo de la Universidad de Málaga (España), lo que me llevó a
participar como colaborador en seis campañas de excavación. Sin embargo, la
imagen de la familia del amigo fallecido desclavando el crucifijo no se me
borraba de la mente. Comprendía que un ateo no quisiera portarlo, pero
igualmente intuía que semejante actitud obedecía más al desconocimiento de la
verdadera historia del Crucificado que a convicciones religiosas. Esta
tesitura me parecía injustificable, pues alguien en el devenir de la historia
se había encargado de escamotear a Jesús de Nazaret, de modo que con el
discurrir de los siglos había terminado por ser un personaje incognoscible, lo
que justificaría las palabras del sacerdote Víctor Hernández: “…el mundo ‘nos
odiará’, no tanto por seguir a Jesucristo sino por no hacerlo correctamente.”.
Ante esta realidad, sin abandonar mis
investigaciones en el campo de la Arqueología, comencé a hurgar en las
bibliotecas y en las fuentes, dándome cuenta de que en la Universidad española
apenas si existía alguna corriente de investigación histórica que intentara
deshacer semejante entuerto, y lo poco que había era patrimonio casi exclusivo
de la Teología. Ante ello, y a pesar de que mi tesis se hallaba muy avanzada,
tomé la decisión de tirar por la borda meses y meses de trabajo de campo, de
laboratorio y de biblioteca. Cambié de tema de investigación y de director, y
me propuse profundizar en el conocimiento del personaje histórico conocido
como Jesús de Nazaret, tal vez con la pretenciosa idea de hacer justicia
y tratar de contar su historia libre de todo prejuicio, cualquiera que éste
fuera.
Mas, ¿qué se sabe de Jesús? La verdad es que
gracias al magisterio de la Iglesia la desinformación es total.
Lamentablemente este desconocimiento se acentúa entre los católicos, pues
éstos se caracterizan, a diferencia de sus hermanos luteranos, por sus exiguas
lecturas de la Biblia, incluidos los Evangelios, limitándose en la práctica a
escuchar, si acaso, las homilías y textos tutelados y seleccionados por sus
respectivos párrocos. Pero esta situación no es sorprendente, ya que la
Iglesia católica no ha facilitado precisamente la lectura de sus Sagradas
Escrituras, pues hasta hace poco más de doscientos años no levantó la
prohibición de traducir la Biblia a una lengua de las llamadas “vulgares”,
prohibición que no tenía otra finalidad que evitar fomentar el espíritu
crítico entre sus feligreses.
Es cierto que en los últimos años, y
limitándome al panorama español, han visto la luz numerosos trabajos que
aportan nuevos datos al tema, siendo de destacar aquí los estudios que directa
o indirectamente ha propiciado el profesor Antonio Piñero. No obstante, a mi
parecer, creo que siguen siendo escasas las investigaciones que tienen por
objeto directo de estudio a Jesús de Nazaret, pues muchas de ellas se centran
en las fuentes, las comunidades primitivas o el contexto histórico o
filológico, soslayando en cierto modo un acercamiento directo al personaje.
Por otra parte, hasta la década de los años ochenta del pasado siglo la casi
totalidad de las investigaciones han estado en manos de teólogos, por lo que
la perspectiva histórica que aquí interesa ha quedado muy distorsionada.
Es por ello necesario que cada vez más los
historiadores acometan semejante campo de investigación, pues queda fuera de
toda duda que, junto a la cultura grecorromana, en nombre de Jesús de Nazaret
se ha influido profundamente, para bien o para mal, en la configuración de
nuestra civilización, que sería muy distinta de no haber existido ese judío
oriundo de Galilea. Se hace preciso, en consecuencia, explicar la historicidad
de nuestro personaje sin que ello signifique pretender escribir una biografía
ni plantear una historia del cristianismo primitivo.
Con semejante propósito, este libro nace como
adaptación y actualización de mi Tesis de Licenciatura en Historia del Mundo
Antiguo, leída en 1998 en la Universidad de Málaga (España), con el título
Rabbi Yehosua, Rey de los Judíos. Aproximación Histórica a Jesús de Nazaret,
dirigida por el Profesor D. Rafael R. Chenoll Alfaro; que tenía por finalidad,
como ya he indicado, rescatar a Jesús de la nebulosa teológica donde había
sido confinado.
Quiero subrayar el aspecto histórico sobre el
teológico, pero no como un enfrentamiento de la razón contra la fe. En primer
lugar, se ha enseñado que la vida y obra de Jesús de Nazaret es una cuestión
de fe, por lo que no debe ser objeto de crítica histórica. Este planteamiento
me parece equivocado, pues si el objeto de la fe no se sustenta en una
realidad histórica caeríamos en una aporía o, como vulgarmente se dice,
en un callejón sin salida o cuestión sin solución. Y, en segundo lugar, creo
que la Teología no es la única vía ni la más adecuada para acceder al judío
Jesús de Nazaret, el de Galilea, aunque en la actualidad algunos sectores
teológicos han comprendido que no pueden hacer teología de espaldas a la
Historia, tal como el lector puede comprobar en
www.jesusdenazaret.info.
No es que pretenda denostar a la Teología,
pero la Historia se ha encargado de dar la razón a mis argumentos. Los que han
seguido el camino de la Teología como disciplina del saber revelado a fin de
poder explicar la ciencia o los eventos históricos conforme a la fe,
cualquiera que fuera la naturaleza de éstos, han errado una y otra vez. Baste
recordar aquí algunos casos paradigmáticos. Es ya célebre la segunda condena
por la Inquisición de Galileo en 1633 al atreverse a defender la verdad
científica con su teoría del heliocentrismo, teoría que siguiendo los
postulados no geocentristas de Copérnico en su obra De revolutionibus
orbium coelestium (1507) venía a negar la afirmación del sistema
tolemaico, adoptado por la teología cristiana, de que la Tierra era el centro
del universo. Galileo finalmente, valorando más su vida que el honor,
consiguió librarse de la hoguera a cambio de retractarse, aunque su orgullo le
obligó a mascullar eppur si muove –y, sin embargo, se mueve– en el
momento de escuchar su condena, aunque ello no le libró de pasar los últimos
diez años de su vida en la cárcel. No menos famosa es la cronología ofrecida
por el arzobispo Ussher en 1650 que fijaba la creación del mundo en el año
4004 a.C., fecha a la que llegó única y exclusivamente a partir de la
interpretación teológica del Génesis, datación que incluyó en su obra
Anales del Antiguo y Nuevo Testamento, y que en la práctica llegó a ser
definitiva y no fue abandonada hasta que en 1905 John William Strutt logró
determinar por primera vez la antigüedad de una roca en más de 2.000 millones
de años. Si disparatada puede parecer la pretensión del arzobispo Ussher, no
menos peregrino fue un intento anterior del jesuita valenciano Benito Pereira
(1535-1610) que en su comentario sobre el Génesis, ante la disparidad
de opiniones sobre la fecha de la creación, se inclinó por concretar tal
acontecimiento en la primavera o el otoño. Por último, ni que decir tiene la
hilaridad que provocó Charles Darwin en los espíritus más devotos de la
cristiandad cuando en 1859 publicó su obra El Origen de las Especies,
ya que su teoría sobre la evolución conculcaba lo que con criterios teológicos
se enseñaba acerca de la creación del ser humano.
Considero conveniente recordar la famosa
réplica que el zoólogo inglés Thomas Henry Huxley hizo a las despiadadas
críticas del arzobispo de Oxford, Samuel Wilberforce, a Darwin: «Prefiero
descender de un mono que de un hombre de cultura que ha prostituido el saber y
la elocuencia para servir al prejuicio y la falsedad». Y estos prejuicios
a los que se refería Huxley quedaron bien patentes en las declaraciones
henchidas de soberbia, ironía y jactancia que el primer ministro británico
Benjamin Disraeli había hecho al respecto: «El señor Darwin descenderá de
un mono; yo, en cambio, desciendo de los ángeles». Como aún no se
ha podido estudiar el ADN de los ángeles, no estoy en condiciones de dar una
réplica satisfactoria a los descendientes del arrogante conde de Beaconsfield,
pero qué diría tan insigne dignatario si hubiera podido intuir que su noble y
angélico patrimonio genético es idéntico al de un chimpancé en un 99%. Estoy
seguro que recibiría una dura lección de humildad y tendría que pedir
disculpas por su petulancia e ignorancia.
Los que crean que estas ideas decimonónicas
han quedado hoy día completamente desterradas se equivocan. En un no lejano
1925, John Scopes, maestro de secundaria en el Estado de Tennessee (U.S.A.),
fue procesado y condenado por enseñar en su escuela el evolucionismo
darvinista. Y no fue hasta el inicio de la década de los ochenta del pasado
siglo cuando el Estado de Arkansas (U.S.A.) dio luz verde a la ley que
permitía la enseñanza de la evolución en un plano de igualdad con la doctrina
creacionista de la Biblia, ley recurrida como inconstitucional por la Unión
Americana por las Libertades Civiles. Y es que el creacionista Ronald Reagan,
presidente U.S.A desde 1981 a 1989, declaró que la teoría darvinista es
únicamente una teoría científica y, por consiguiente, subordinada a las
creencias religiosas. En el mismo sentido, el 16 de septiembre de 2004
Ljiljana Colic, ministra de Educación del Gobierno de Serbia, ante las fuertes
protestas de sectores intelectuales, tuvo que dimitir tras haber suprimido del
programa escolar, influida por la Iglesia Ortodoxa Serbia, la enseñanza de la
teoría de la evolución de Darwin.
Ante semejante desvarío teológico, en 1992 el
papa Juan Pablo II se vio en la necesidad de pedir perdón en nombre de la
Iglesia por la condena de Galileo a manos del denominado Santo Oficio. Más
tarde, en 1996 tuvo que retractarse nuevamente y reconocer que la teoría de la
evolución era correcta y conforme al plan divino de la creación, y mediante la
encíclica Fides et ratio trató de armonizar la ciencia y la filosofía
con la fe. Y todo ello a pesar de que los teólogos cristianos cuentan nada
menos que con la inestimable ventaja de trabajar con la palabra
revelada por Dios. ¡Ya quisieran los científicos para sí semejante ayuda!
Pero ¿hasta dónde están dispuestos los papas a
seguir pidiendo perdón por los errores cometidos?, ¿llegarán a reconocer algún
día que son los responsables de haber escamoteado a Jesús de Nazaret? Creo que
aún estamos muy lejos de hacer realidad esta posibilidad, aunque es cierto que
la Iglesia ha abierto este camino al reconocer sus yerros si bien en
cuestiones mucho menos trascendentales que la que aquí se estudia.
Ante lo expuesto, sin pretender caer en el
Positivismo, si se quiere acceder al Jesús histórico hay que utilizar la
investigación histórica con todas sus consecuencias. No en contra de la fe,
pero sí al margen de la fe, y reservar las explicaciones teológicas para
postulados meramente espirituales, morales y doctrinales.
Así planteada esta declaración de intenciones
queda claro que este estudio pretende llegar hasta el Jesús de la Historia.
Para ello será necesario adentrarse en su mundo, aquel donde nació, vivió y
murió, de modo que los resultados así obtenidos sean coherentes con ese
contexto. De lo contrario, si me alejara de esa necesaria asociación iría
abandonando la historia y empezaría a adentrarme en la pura especulación
ideológica con la consiguiente pérdida de objetividad. No obstante, ello no
garantiza el acceso a la verdad, pues en numerosas ocasiones no podré llegar a
conclusiones definitivas, limitándome en tales casos a escribir sobre lo más
plausible conforme al entorno histórico analizado.
Con esta finalidad he estructurado esta obra
en tres partes bien definidas. La primera es una exposición del contexto
histórico necesario para explicar el mundo de Jesús. Para hablar del Nazareno
no puede prescindirse, como la Iglesia lo ha hecho, de las circunstancias que
han inspirado y motivado tanto su mensaje como su propia personalidad, puesto
que cada uno de nosotros somos lo que somos por nuestro pasado, y las
doctrinas no pueden desarraigarse del tiempo y lugar al que pertenecen si no
queremos convertirlas en meros espectros de lo que realmente fueron. De ahí
los tres capítulos que, a modo de preámbulo, integran esta primera parte. En
el primero se analiza la religión como instrumento de control social, uso
contra el que se rebelará Jesús, y que permite explicar su muerte como víctima
de un sistema religioso que alentó utópicas expectativas de libertad y
bienestar. En el segundo pretendo dar a conocer la evolución de la religión
del pueblo de Israel, al que pertenece Jesús, y cómo se suscitaron en él las
esperanzas que a la postre, como ya he indicado, llevaron al Galileo a la
muerte. Finalmente, en el tercer capítulo se expone la situación política,
económica y social en que vivió y murió Jesús, dándose a conocer personajes
como Herodes el Grande, Poncio Pilato, Herodes Antipas, Anás o Caifás.
Su columna vertebral es la segunda parte,
donde también he adoptado una división tripartita. Su primer capítulo es
únicamente una recensión o estado de la cuestión, en modo alguno un estudio
exhaustivo, de la evolución de las investigaciones sobre el Nazareno y sus
fuentes. En el segundo se exponen las distintas fuentes que ofrecen algún tipo
de información, directa o indirecta, del Galileo; desde los evangelios
canónicos a los apócrifos, pasando por fuentes clásicas, judías y
arqueológicas. El tercer capítulo aborda aspectos de su vida y doctrina,
capítulo que no aspira a ser una biografía, pretensión harto difícil dado el
carácter no histórico de las fuentes disponibles. Tal escollo me ha impedido
seguir en la exposición un orden cronológico, a excepción de los días que
Jesús permanece en Jerusalén hasta su crucifixión, lo que me ha obligado a
dividir este capítulo en temas monográficos: familia, discípulos, proclama del
reino de Dios, expectativas mesiánicas, milagros, etc.
La tercera parte integra también tres
capítulos que intentan revelar las diversas circunstancias que llevan a
nuestra actual comprensión del personaje. Su razón de ser se vislumbra
fácilmente si el lector se detiene a observar la cesura existente entre la
doctrina del Maestro galileo que predicaba de aldea en aldea la proximidad del
reino de Dios, y el Cristo de la fe proclamado por Pablo de Tarso en las
ciudades helenísticas. Su primer capítulo está dedicado a la interpretación
que de Jesús y su mensaje hicieron sus inmediatos seguidores. En el segundo se
han descrito los diversos influjos religiosos e ideológicos que confluyen, en
primer lugar, en el mundo de Jesús y, en segundo lugar, en el incipiente
cristianismo cuando éste abandona el judaísmo para adentrarse en el mundo
grecorromano. Esta expansión determina finalmente el reconocimiento de la
nueva religión por el Estado hasta hacerla suya, proceso que examino en el
tercer capítulo, donde se deja constancia de hasta qué punto la tutela del
Estado condicionó nuestro actual conocimiento de Jesús y de su “evangelio”.
Los extremos de este libro –primera y tercera
parte– marcan los limites que determinan dónde comienza y dónde finaliza el
personaje histórico Jesús de Nazaret. La primera parte no es más que la vía o
puerta de acceso que nos permite llegar hasta él. La tercera es la que nos
aleja de él para acercarnos progresivamente al Cristo de la fe o Jesucristo.
Finaliza este estudio con un Epílogo a modo de
conclusión y reflexión donde, como queda dicho, mantendré las reservas siempre
que el análisis de las fuentes lo hagan aconsejable, y donde en ocasiones el
lector tendrá que optar por sí mismo a una conclusión entre las diversas
posibilidades que se proponen.
Se cierra el texto con la relación detallada
de las fuentes y la bibliografía empleada. La cita de la bibliografía la haré
en nota a pie de página indicando el primer apellido del autor y año de la
publicación de la edición de la obra utilizada entre paréntesis, seguido del
número de página o páginas aludidas.
En cuanto a las fuentes, he examinado
múltiples escritos de muy distinta naturaleza, y como conclusión anticipada
puedo asegurar, aunque parezca increíble, que las que nos permiten obtener una
información fiable de Jesús no son otras que los Evangelios canónicos,
particularmente los tres sinópticos, por lo que no es necesario recurrir a
ningún código secreto, ya sea el Da Vinci o cualquier otro. En ocasiones he
complementado estos textos con los Apócrifos y con los textos de Qumrán, y en
muy contadas ocasiones he acudido a los Padres de la Iglesia. Flavio Josefo, a
pesar del lastre que pesa sobre él como historiador tendencioso, ha sido mi
principal fuente histórica, cuya obra Antigüedades de los Judíos
aparece citada en profusión. En ella el historiador judío expone con detalle
los sucesos acaecidos durante los reinados de Herodes el Grande y sus
sucesores, así como lo relativo a los gobernadores romanos incluido Poncio
Pilato. Sus informaciones están hoy respaldadas y ampliadas por las
investigaciones arqueológicas que en las últimas décadas han originado
extraordinarios descubrimientos, especialmente en Jerusalén y en el entorno
habitado por los sectarios de Qumrán, de modo que gracias a ellas nuestro
conocimiento del judaísmo del siglo I se ha visto totalmente remozado.
Siempre que exponga un tema que por cuestiones
de fe pueda resultar escabroso, ambiguo o problemático, mis opiniones sobre el
mismo, y a fin de agilizar la lectura, irán acompañadas con la transcripción
literal en cursiva del texto bíblico, ya sea hebreo o cristiano, o de la
fuente aludida. En los restantes casos me limitaré a consignar en el texto la
simple cita textual, por lo que es aconsejable tener a mano una Biblia para
las consultas. Si se trata de una cuestión polémica que provoca disparidad de
opiniones entre los investigadores, citaré los criterios contrastados de
algunos de ellos a pie de página, evitando en lo posible que la complejidad
del aparato crítico haga al texto abstruso y farragoso.
Debo advertir que el tema analizado es
cuestión de fe para millones de seres humanos y, como ya consta, para algunos
la fe no debe ser objeto de crítica. Sin embargo, la fe tiene que estar
fundamentada en una realidad histórica, por lo que la lectura de esta obra ha
de hacerse libre de todo prejuicio y al margen de la fe. Únicamente así
evitaremos caer en el escándalo, que no ha sido objetivo en modo alguno. Mi
horizonte siempre ha estado definido por un profundo respeto a las fuentes, y
ello me obliga a no forzarlas en aras de ningún principio ideológico,
cualquiera que éste sea.
No puedo concluir sin
antes mostrar mi agradecimiento a mi esposa Clara, que tantos desvelos ha
soportado intentando eliminar errores y mejorar el léxico de esta compleja
obra, y a María del Carmen Castillo Rivas por el apoyo bibliográfico ofrecido.
Igualmente mi agradecimiento por sus sabios consejos a los profesores D.
Fernando Wulff Alonso, D. Rafael R. Chenoll Alfaro, D. Francisco Sánchez
Jiménez y Dña. Clelia Martínez Maza, todos ellos del Departamento de Ciencias
y Técnicas Historiográficas, Historia Antigua y Prehistoria de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga (España). |